Pantomima de la era telegráfica, taquigrafiada

Ayer estuve en el Congreso, esa “casa de la democracia” española. Era un día importante, Presupuestos y esas cosas, un amigo tenía que ir y me dije: ¿por qué no?

Sillas vacías, discursos en defensa de las enmiendas sobre nosecuál capítulo. Los pocos diputados presentes dan la espalda al orador y hablan con sus compañeros, ya sean cercanos o no. Alguien se levanta y va buscando nuevas víctimas con las que conversar. Alguien del grupo mixto termina de exponer sus hechos y tras el aviso de que van a abstenerse, abandonan el hemiciclo. Llegas tarde y te pones a mirar el facebook o los próximos zapatos que vas a comprarte. Oh, espera, que las enmiendas ya están debatidas de antes en comisiones y aquí nadie escucha las novedades, parece que esto es un mal trámite innecesario.

Pero se acerca la hora acordada para la votación y de repente el sentido de la responsabilidad para con el deber aparece en las conciencias de los diputados y van llegando todos. Hay mucho que votar… algunas enmiendas irán en bloque. El último turno de palabra es inaudible entre los encuentros y saludos de sus propios compañeros de partido. Comienzan las votaciones. “No”, “sí”, “abstención”, para qué vamos a pensar todos los del grupo si ya hay uno que nos grita que votar y nos lo indica con los dedos levantados de su mano. ¿Eso de votar desde tu mesa a la de al lado, se puede? ¿Por qué el número de votos son diferentes en cada votación si no ha salido nadie? Una vicepresidenta necesita cerciorarse de cuál ha sido la elección de su partido en cada votación revisando una mano levantada justo a su espalda y mira que no es tan dificil: si la propuesta comienza por enmienda es que no y si es algo así como “aceptación del texto” es que sí.

Impresiones sobre un sistema de gobierno que procede de una época donde el medio de comunicación imperante era el telégrafo y las actas se tomaban por taquigrafos. Quizá la base de todo el problema esté ahí, en que los medios de comunicación se han desincronizado con las estructuras de poder y estas necesiten una actualización. Quizá ya no sea necesario un nudo centralizador representado por trescientos interpretes de telegrafistas que impongan la línea de escasez de pensamiento en un territorio.

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