Vino e imperio

Hace ya dos semanas Antonio publicó un artículo que pretendía juzgar cómo la moralidad implicita y las costumbres de una sociedad condicionan la aceptación o estigmatización del uso de unas sustancias sobre las otras para pasar a observar el alcohol como una sustancia cualquiera más.

En su día le comenté de forma extendida mis apreciaciones, con una longitud que casi roza los límites de la netiqueta, pero que dejé alli con la intención de que se generase debate en los comentarios del artículo. Como era una idea interesante, pensé en transcribirlo a una entrada por aquí… muy al hilo de las reposiciones monotemáticas semanasantiles: hablar de la influencia de la religión en semana santa parecía contraprogramar a las carreras de cuádrigas de Ben Hur y lo fui dejando, pero ayer, releyendo dos artículos quedó claro que era interesante preservarlo por escrito.

Si le echamos un ojo a los artículos que suele publicar Antonio, suelen girar en torno a cómo la aparición de la visión mística y sacramental en una comunidad suele estar ligada a rituales necesarios para afianzar la vida de un individuo y unirlo dentro del relato de su comunidad. Así la alteración de los estados de conciencia y percepción mediante sustancias psicoactivas están áltamente ligados a su experiencia mística.

El individuo se somete a situaciones en las que su percepción del entorno que le rodea se ve alterada y modelada, lo que le permite comprender la existencia de otras perspectivas alteradas, abrirse la puerta a la existencia de otras formas de percepción y compartir experiencias alteradas con su comunidad. Este tipo de ritos y sus catalizadores son generadores de mitos y de un relato en una comunidad religiosa, generan una conversación y un diálogo: justifican la existencia de la comunidad e incluso sus percepciones jerárqucas o su posibilidad para asumir papeles y roles sociales determinados.

Por ello, es altamente interesante cómo, frente a lo que podrían hacer otras culturas mediterráneas predecesoras, el cristianismo adoptó el vino como sustancia sacramental. Catolicismo implica, por su propia traducción desde el griego, universal. Cuando una rama religiosa del cristianismo se impone como “universal” declara sus intenciones de expansión y su voluntad de ser aplicable para cualquier grupo, no desde una postura posibilista, sino imperialista.

La voluntad de poder mantener una doctrina que rija las vidas de una comunidad religiosa a muy gran escala implica la necesidad de control y mantenimiento de dicha doctrina, su evolución ha de estar controlada de forma central para evitar distintas evoluciones de la doctrina en función de las perspectivas que cada comunidad aplicando sus preceptos pueda hacer cambiar por el mero uso. Esto no es tan descabellado, la apelación medieval a la herejía no es tan poco común y es que, en una época con grandes deficiencias comunicativas dentro del imperio religioso, las comunidades reales que experimentan su espiritualidad dentro de un grupo tienden a generar sus propios mitos y su propia forma de expresarla.

Para que la religión pase a estar al sevicio del imperio, es necesario generar una centralización y estandarización de cuáles son los hechos místicos y religiosos aceptados, un grupo de normalización central que acepte cuáles son los rangos de la experiencia mística aceptada dentro de la doctrina “universal”. Es por ello que el acceso a la ritualística católica queda lejos del creyente habitual y se queda encerrado en las élites formadas, testigos y censores de la entidad reguladora central, generándose un gran imperio de dominación moral -y de esta moral, estas leyes- con una fuerte fractura social entre la élite formada con acceso al conocimiento y la experiencia sagrada frente al creyente individual.

¿Qué tiene que ver esto con el vino? El vino no solo entra a colación por ser una sustancia con una apreciación social distinta por estar implícita dentro de los preceptos morales del catolicismo en nuestra sociedad, sino que también es curiosa su adopción como sustancia psicoactiva del ritual cristiano.  La experiencia milagrosa en los últimos siglos es pequeña, la espiritualidad se aleja y en parte esto puede ser debido al uso del vino como sustancia con pocas posibilidades de generar sustancias de cercanía espiritual y, por tanto, de generar un volumen de milagros controlable e hilvanable dentro del, ya no relato sino manual, de la ortodoxia religiosa.

La alteración de la percepción en el individuo dentro del ritual católico, está dominada por el uso de una sustancia cuyas capacidades para alterar la percepción del individuo no son capaces de generarle una expereciencia de interacción con el entorno ni la creación de lazos comunitarios e identitarios fuertes ligados exclusivamente a los que allí formaron parte de ese ritual. De esta forma, la elección del vino podría ser una herramienta fuerte del imperio. Evita que la apertura de las puertas de la percepción en el creyente le hagan capaz de cabalgar su propia experiencia mística. De esta forma se cancela la posibilidad de la creación del mito en la comunidad real, se evita la posibilidad de sedición religiosa derivada de la propia forma de entenderse como individuo dentro de un grupo. Se evita el fortalecimiento de una visión propia dentro de cada parroquia, que se disuelve como grupo dentro del Imperio Católico evitando que tenga sus peculiaridades comunitarias.

¿Fué el vino una forma de generación de imperio? Lo que está claro es que cuando se adoptó como religión de estado, el número de creyentes era escaso y no existía probablemente una doctrina fuerte que defender. La dominación de la doctrina llegó con la necesidad de generar una sociedad marco común para todos los ciudadanos bajo la fuerza del cristianismo, prefijando un influjo moral y por tanto legal dentro de las tierras europeas antes y después de la caida del Roma.

Es probable que las comunidades pequeñas previas a la llegada del catolicismo normativo tuviesen independencia y sentido de grupo. Que creasen sus propios mitos comunitarios. Pero dejaron de ser comunidades para ser absorbidos por el imperio o condenados por herejía, y la herejía implica la oposición política. La comunidad de pequeña escala, el grupo no sometible, estaban en peligro y eran el mayor enemigo de aquel que deseaba la expansión del imperio. Una cosa parece clara, y es que las comunidades de transición entre el cristianismo primitivo y el catolicismo imperial no necesariamente tendrían una ritualistica igual a la del catolisismo actual.

Precisamente este tema lo rescaté ayer por la noche a raiz de leer a Bernardo Gutierrez  sobre como el uso de las redes sociales de la Iglesia muestra una visión de la realidad en la que no tienen nada que aprender de nadie y, sin embargo, mucho que enseñar (bueno, igual por twitter parece que no lo llevan muy bien según Bernardo). La iglesia, la que se estructuró para mantener un imperio, es incapaz de romper la verticalidad de sus formas y de comprender el mundo que le rodea. Los grandes son débiles porque su verticalidad tambien los hace lentos.

Esta crítica mía, toma fuerza con el artículo de David, que lejos de tirar la necesidad de ceremoniosidad, muestra que el rito, influye en nuestra forma de interacción con el resto del grupo y por tanto, el rito pre-fijado, estipula las condiciones de nuestra interacción dentro de nuestra comunidad según los preceptos de aquel que estipuló las condiciones del rito y los mitos. Frente a ello, la posibilidad de abrazar una ritualística propia, una serie de actos que vertebren nuestra forma de involucrarnos dentro de un grupo, pasan a ser una herramienta vertebradora siempre que el propio grupo sea el que crea sus mitos. El imperio temerá menos al abandono de los mitos que a la ceremoniosidad hereje, que implica la negación de la definición de “católico” y pasa de universal a real.

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